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La muerte como un bucle infinito e imposible de vencer: Russian Doll.

Por: Aída M. Castillo

Una matrioshka es un conjunto de muñecas tradicionales de origen ruso creadas en 1890. Lo original de ellas, es que se encuentran huecas porque albergan en su interior una muñeca, que a su vez contiene otra y así hasta la más grande registrada que contiene 75 unidades. Además de ser un bonito souvenir ruso, tiene mucho que ver con la nueva serie que se está convirtiendo en favorita de muchos.

Se trata de Russian Doll o Muñeca Rusa, protagonizada por Natasha Lyonne, que da vida a Nadia Vulkov. La historia te somete a vivir y revivir su cumpleaños número 36, una y otra vez, pues sin importar qué decisión tome, muere y reinicia el mismo día.

Paradójicamente, se gana la vida como diseñadora de videojuegos, por lo que su vida se convierte en uno, y todas las noches fallece de formas distintas y a veces hasta absurdas, aunque toma distintas decisiones, evita trampas y trata de manejarlo de forma diferente, siempre termina en el mismo lugar.

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Russian Doll refleja el ingenio de Lyonne, Leslye Headland y Amy Poehler, una combinación que le da al programa un tono irónico mientras explora su propia metafísica alternativa. Con el toque perfecto de humor negro y sarcasmo. 

Al igual que en The Leftovers y The Good PlaceRussian Doll se une a una lista de series que debaten la realidad, la muerte, la vida y la trascendencia de distintas perspectivas. Aunque Nadia niega que su viaje tenga que ver con la moralidad, se trata más bien de cómo las personas están conectadas en su vida y las distintas reacciones que éstas producen en el bucle.

Obtenemos la primera pista de que la respuesta al misterio de Nadia no está en los estupefacientes ni los fantasmas (ambas son teorías que prueba en diferentes bucles) cuando decide pasar la noche cuidando los zapatos de un hombre sin hogar que, en un reinicio anterior, se congeló de muerte. 

Esta es la primera vez que se da cuenta de que puede usar su situación para el bien de otra persona. Agotada de estar sentada toda la noche, pierde su parada de ascensor cuando sale del refugio y se encuentra con Alan (Charlie Barnett), el otro protagonista del programa, con quien, según reconoce, su historia está interrelacionada.

Russian Doll

A partir de esta reunión, el programa anida historias dentro de historias, como en las matrioshkas, mientras Nadia y Alan intentan descubrir que los conecta. Alan está seguro de que su enredo es una especie de purgatorio por “ser gente mala.”

“¿Qué es la gente mala?” Nadia pregunta. “Ahí está Hitler y luego están todos los demás”.

Con menos frialdad, ella insiste en que es demasiado simple y narcisista suponer que la metafísica moral del universo coincide con el sentimiento de culpa de Alan. Ella propone, en cambio, una especie de teoría de videojuegos multiverso-encuentro, según la cual tienen que volver al momento de la historia cuando sus vidas se enredaron y corregir el código que sigue causando el bucle. Si pueden depurar el programa, el bucle se volverá a desentrañar en un tiempo lineal.

Contra la creencia de Alan, el universo no parece preocuparse por el adulterio, el sexo casual, las drogas o los mensajes de texto lascivos, al menos no de forma intrínseca. Pero parece preocuparse si los personajes pueden aceptar, de una manera que fundamentalmente cambia sus vidas, que necesitan a otras personas.

Esto puede no parecer una revelación espiritual, pero es difícil de ganar para ambos. Alan está luchando con una enfermedad mental no diagnosticada. Para manejar su vida emocional, él controla sus relaciones íntimas fuera de la existencia. Nadia ha enterrado un trauma infantil que se remonta a sus abuelos, que son sobrevivientes del Holocausto. A pesar de estar rodeada de amigos, Nadia resiste cualquier demanda que le hagan otras personas. “Nuestras vidas dependen la una de la otra por la eternidad es mi propia pesadilla personal”, se lamenta. “No quiero estar apegado a nadie, quiero al menos mantener la ilusión de libertad”.

A medida que esa ilusión comienza a desmoronarse, las reglas de su juego se vuelven más complicadas. Los protagonistas comienzan a darse cuenta de que sus acciones están causando dolor a quienes profesan amar y que el problema que tienen que resolver es interno para cada uno de ellos. Están compitiendo contra un reloj invisible para mantener unido su mundo mientras tratan de hacer lo correcto por otras personas. Es como si las mismas leyes del universo se estuvieran inclinando para obligarlos a enfrentar el trauma y el miedo que les impide aceptar sus compromisos con otras personas.

Esto también podría ser metafísica narcisista, pero como Alan le dice a Nadia, las vidas son difíciles de cambiar. El espectáculo dobla el tiempo y el espacio para ayudarnos a pensar por qué es tan difícil salir de los bucles destructivos, incluso dentro del tiempo lineal. Y nos da una visión hermosa y vivaz de por qué vale la pena intentarlo de todos modos.

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